Son las seis de la mañana con treinta minutos. Me levanto y salgo a hacer un poco de ejercicio. Yo sé que hago esto para mantenerme sano. Pero en este propósito, además de que está presente mi amor propio y el amor por mi familia, también están presentes mis alumnos. Una persona que lleva ya 37 años ejerciendo la docencia, tiene que cuidarse si quiere seguir ejerciéndola, y yo desde luego, estoy dispuesto a seguir frente a grupo durante unos años más (dos o tres, quizás cuatro).
Faltando diez minutos para las ocho, salgo hacia la escuela, pero antes me cercioro de que llevo los materiales que voy a necesitar durante el día, lo que implica que ya chequé los temas que se van a trabajar con cada uno de los grupos de clase. Algo que hago casi mecánicamente, es pensar durante el trayecto a la escuela: “en el seiscientos uno y el seiscientos dos voy a ver los mismos temas; en el seiscientos cuatro voy atrasado…” Supongo que con este razonamiento, me formo un esquema mental sobre lo que voy a realizar concretamente con mis alumnos de carne y hueso.
Mi principal preocupación es tener claras las actividades que voy a realizar con mi grupo y debo confesar que no siempre lo logro. Hay veces que ya estoy convencido de que mi plan de acción es bueno pero resulta que, en el último momento, lo cambio. Esto depende de muchos factores: encontré un estado de ánimo en mis alumnos que pensé no era propicio; una palabra o una acción o una reacción de algún alumno me hicieron dar un viraje; ocurrió un incidente que me hizo modificar los planes… en fin, los que estamos en esto sabemos que nunca coincide al cien por ciento lo que planeamos con lo que hacemos; una cosa es el curriculum formal y otra –a veces muy distinta– el curriculum real.
Pero ya estoy frente al grupo. Casi siempre paso lista. Esto tiene distinto significado según sea un grupo nuevo o esté avanzado el ciclo escolar. Cuando se trata de un nuevo grupo el pasar lista me permite aprenderme sus nombres, algo que siempre me ha costado mucho trabajo. Cada vez que tengo la oportunidad, cuando un alumno está participando en clase trato de relacionarlo con su nombre. Es importante conocer el nombre de nuestros alumnos; mucho más importante es conocerlos. Esto último es algo que no siempre logramos. Admiro a los compañeros que son capaces siempre de dirigirse a sus alumnos por su nombre y, además, conocerlos.
También paso lista porque cuando nos evalúan para el PROED (Programa de Estímulos al Desempeño Docente), pasar lista es algo positivo. Por lo menos eso creo.
Es muy importante para mí tener una secuencia didáctica en término generales; mentiría si dijera que ideo una secuencia didáctica diferente para diferentes grupos, sobre todo cuando los contenidos que se van a abordar son los mismos (no sé por qué estoy utilizando el verbo idear en lugar de planear; debe haber alguna razón). Con mi secuencia didáctica en mente, trato de tomar en cuenta –a veces un poco mecánicamente– las recomendaciones que nos sugiere el constructivismo: recuperación de los conocimientos previos. Mi esquema mental está trabajando.
“A ver muchachos, quién nos recuerda lo que vimos en la última sesión…”; o bien: “el tema que vamos a iniciar tiene que ver con los derechos humanos… ¿qué son los derechos humanos…”? y así por el estilo.
Una vez recuperados los conocimientos previos, explico a mis alumnos lo que vamos a hacer para lograr los aprendizajes del día: leer un texto, resolver un problema, ver una película, escuchar la exposición de un equipo… etc. Durante las actividades, trato de apoyar lo que hacen los alumnos sugiriéndoles, cuestionándoles, provocando sus dudas, moviéndoles el tapete… al final de la clase, si el tiempo me lo permitió, le pido a alguien que haga una recapitulación de lo “aprendido”; si ya no me dio tiempo, lo hago en la siguiente sesión…
Más o menos así percibo mi docencia.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
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